Tiempos de Miel

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sylvia araya s.

DEDICATORIA

    Jessica Araya Serrano es mi hermana, mi única hermana, los otros tres son varones, yo soy la menor de este grupo de cinco hermanos. Mis tres hermanos mayores fueron seguidos en edad y ellos vivieron la etapa más difícil y más dolorosa de nuestra familia, pues nuestros padres tenían muchas carencias afectivas y emocionales, eran jóvenes e inmaduros. Mi hermana Jessica fue la hija menor durante 8 años, hasta que nació mi hermano Héctor, finalmente nací yo, 8 años después que Héctor.

Cuando yo nací, mi hermana tenía 16 años y mis padres estaban mucho más estables y maduros en todo sentido, por lo que mi infancia fue mucho más tranquila que la de mis hermanos mayores.

Dentro de mis primeros recuerdos está mi hermana, a quien yo llamé “Lala” durante casi toda mi infancia. En esos recuerdos esta su olor suave y su ternura inmensa. Mi hermana fue un pilar fundamental en mi formación y no puedo imaginar cómo habría sido mi vida sin su tremenda influencia, cuidado y protección. Nuestra madre se esforzó mucho en nuestra crianza, pero hubo cosas que ni ella podía evitar, como sus heridas, su dureza, su distancia, su poca paciencia después de haber criado a tantos niños (incluyendo a sus hermanos, mis tíos). Estoy agradecida con mi madre, pero ella no pudo proveer la confianza y la ternura que Dios proveyó para mi a través de mi hermana. Era mi hermana a quien yo le contaba mis “problemas” del colegio, quien me ayudaba en las tareas, quien consolaba mis llantos, quien me acompañaba cuando sentía miedo en las noches. Los recuerdos de las letras de alabanzas que ella escuchaba en “cassette” hasta hoy resuenan en mi memoria como si fuesen canciones de cuna. Solo hoy puedo entender y dimensionar que el evangelio estaba siendo sembrado en mi corazón a través incluso de las alabanzas que mi hermana escuchaba a diario. Recuerdo sus oraciones, sus correcciones, sus enseñanzas, recuerdo las veces que entendí que Dios sí era real cuando ella me pedía perdón por haber sido injusta conmigo “porque Dios se lo había dicho” Yo era muy pequeña pero veía que Dios sí era real cuando eso pasaba, porque era verdad, solo Dios podía revelar lo que pasaba en el corazón de una niña de 6 años que lloraba por haber sido reprendida injustamente. Mi hermana me demostró que el amor no necesita ser perfecto, porque Dios se manifiesta en esas debilidades y nos enseña que él es quien cuida de nosotros, incluso cuando quien nos ama comete errores, pero si existe el perdón y la restauración, podemos ver el poder de la cruz de manera real y viva.

Cuando mi hermana se apartó del camino, yo estaba en plena adolescencia, tenía 14 o 15 años. Recuerdo que en principio pensé que ella se había enamorado de un hombre casado y cuando supe la verdad, me sorprendí pero nunca sentí rechazo por ella, ni siquiera por las parejas que tuvo, porque si mi hermana estaba cerca, yo me sentía segura y “en familia” y por eso incluso sus parejas importantes, resultaron importantes para mí, como figuras cálidas y tiernas. Nunca sentí rechazo por mi hermana, pero la veía sufrir, fueron años intensos, en que sus relaciones parecían desbalanceadas, sin equilibrio, con dramas y peleas que la desgastaban enormemente. Mi hermana siempre fue alegre, yo la veía relajada “siendo ella misma”, pero no estaba plena, no la veía realmente feliz.

En esos años mi fe y mis convicciones estaban débiles, por lo que jamás la confronté, yo misma estaba confundida, pensando en la angustia que ella sentía por “no ser libre para amar” y aunque ella tenía “sus amores” no era plena, no estaba feliz.

Poco a poco, mi hermana comenzó a alejarse de su estilo de vida homosexual, cansada, hastiada, herida, dolida y traicionada, pero algo había, que no lograba asentarse.

En medio de ese periodo yo me casé y un día, cuando estaba en mi casa, mi hermana vino a verme, muy angustiada y yo no supe entender la dimensión de lo que le pasaba, así que me limité a leerle pasajes de la escritura, le leí algo de Efesios y ore por ella, le hice repetir una oración recordando que ella había sido comprada a precio de sangre y su antigua vida había sido crucificada juntamente con Cristo y había resucitado una nueva mujer, al otro lado de la Cruz. Para ser sincera, tengo una nebulosa sobre esa tarde, no recuerdo detalles y creo que es providencial que así sea.

Luego de ese día, mi hermana comenzó su restauración plena. No puedo decir que han sido cambios fantásticos ni instantáneos, he visto como ella ha sufrido en el proceso, pero su renacer como persona y como mujer es evidente. Por primera vez en mi vida vi que mi hermana era realmente LIBRE, realmente feliz, realmente plena. He visto su madurez, he visto la misericordia con que mira y trata a personas inmaduras que han querido herirla, he visto cómo ha cambiado hasta su aspecto físico, veo que los problemas no la aplastan, veo que ahora si tiene realmente una vida abundante.

El cambio de vida de mi hermana es tan real, tan cierto, que si un día mi fe se debilitara, solo tendría que volver a mirar su vida y su testimonio para recordar lo tremendo que es nuestro Dios y su inmenso poder.

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